viernes, 31 de diciembre de 2010

Antonio Royo Villanova: ALMA ARAGONESA

Para describir el alma regional tropezamos los aragoneses, como primer obstáculo, en nuestro sentido de la realidad y en nuestra tropofobia  (neologismo que pueden ustedes echar al cesto de los papeles en cuanto me hayan perdonado este modo de señalar nuestro horror a las figuras retóricas). El alma no la podemos describir más que por metáfora: ésta no la usamos por esta tierra. Aquí no decimos: cada uno tiene su alma en su armarlo, porque, vamos, se nos resiste comparar el espíritu con cualquier vianda y el cuerpo con una alhacena.
En cambio cada uno tenemos un rey en el cuerpo, y esto no es metáfora, porque ya nuestros antepasados decían aquello de cada uno de nosotros vale tanto como vos, y los ingleses, que política y socialmente tienen con los aragoneses tanta analogía, dicen también: mi casa es mi reino.
Ese horror a la metáfora hace que en Aragón se diga pocas veces: voy a romperte el alma, expresión alegórica que se sustituye por la de voy a chafarte los morros... o por el hecho efectivo de chafarlos sin previa ni formal notificación.
No pretendo, pues, decir lo que es el alma aragonesa, pero sí señalaré, en cambio, una nota de nuestro carácter, a saber: la acentuación notable del espíritu colectivo y la resistencia al instinto gregario y de reata de quienes se lanzan detrás de un hombre para aclamarle, seguirle, aplaudirle... y someterse.
La historia de Aragón, aun antes de que se rectificase por el espíritu crítico moderno la teoría del grande hombre, no es la narración de los hechos de unos cuantos reyes, es la evolución del sentido colectivo de un pueblo.
Cuando se quiere conocer la tenacidad aragonesa en un punto concreto y la fe religiosa, no se tropieza con un apóstol, un propagandista, un grande hombre; se encuentra una masa: las Santas Masas se llama precisamente a los inmemorables mártires de Zaragoza.
¿Queréis ver el patriotismo del alma aragonesa? Pues buscadlo también en la masa, no en los hombres ni en los prototipos. Palafox no fue el héroe principal de los Sitios, ni lo fueron tampoco Agustina Zaragoza, Casta Álvarez, la condesa de Bureta, D. Mariano Cerero, el tío Jorge... Cualquiera de éstos era uno de tantos... un botón para muestra... individualidades afortunadas a quienes el azar ha destacado de la masa inmensa de héroes, que encarándose con ellos podrán repetir desde la eternidad: cada uno de nosotros valemos tanto como vos...
Hay una fecha en Zaragoza, el 5 de Marzo, que recuerda también un acto de bravura colectiva: el de rechazar a los carlistas que, de noche y por sorpresa, habían entrado en la ciudad. Se conserva el nombre del jefe de los invasores y fugitivos, pero nadie recuerda al que capitanease las fuerzas zaragozanas. No se trata de un acto personal, ni siquiera de la suma de varios heroísmos individuales: quien obró fue la masa, la soberana masa, como diría la de San Quintín.
Y ese espíritu colectivo de nuestro pueblo, y esa tendencia a la solidaridad, se refleja el 5 de Marzo con otro hecho bien típico. La tarde de ese día es costumbre conmemorarla con meriendas y jiras en el campo... y las familias carlistas se van también a merendar.
Todos son unos para la expansión. ¡Ah! Y todos son unos para el sacrificio. Cuando el cólera de 1883 fueron tantos los actos de heroica caridad de los zaragozanos, que resultaban innumerables como los antiguos mártires de la fe, y el Gobierno, sirviendo el deseo de todos, concedió la cruz de Beneficencia no a esta o a aquella persona, sino a la ciudad misma. Los muchos héroes que se habían ganado la preciada insignia, arrancáronla de sus pechos para clavarla en el escudo de la ciudad, que ostenta desde entonces el título de Muy Benéfica... Siempre la colectividad, siempre la masa, destacando su ciclópeo relieve y ahogando todo su personalismo.
Cuando la terrible guerra de Cuba la opinión pública no pudo manifestarse en su ingenua pureza, porque los órganos individuales que se atribuían su representación (el político, el periodista) no sabían o no se atrevían (¡cobardes!) a decir la verdad... En Zaragoza un día unas cuantas madres (¡y cuánto más difícil es ser madre que ser escritor o ser político!) protestaron contra los embarques...; aquella era el alma aragonesa, el alma del pueblo que solía morir, fusilado, por la patria el año 8, pero que no quería morir del vómito... por nuestras posesiones de Ultramar... Aquella fue la única vez en que se manifestó la opinión pública, porque aquel era un acto espontáneo, de la masa, sin dirección, sin organización, sin preparativos ni tramoya...; pero el periodista, el Político, el gobernante, la individualidad, en fin, que de uno u otro modo usurpa o confisca o estanca la opinión... quitaron importancia al hecho... y ahogaron aquellos latidos del alma aragonesa, del alma española, como quien mata las vibraciones de una campana rellenándola de algodón...
¡Hermoso pueblo el aragonés! En otras partes predomina la individualidad sobre la masa. En Aragón, en Zaragoza, ante el pueblo se achican los personajes. Porque vamos a cuentas. Desde que España se gobierna constitucionalmente, ningún zaragozano ha sido ni jefe de Estado ni jefe de gobierno. {1} ¿Es que el cerebro de los aragoneses (recordando a Robert) es inferior al de los demás españoles? No, hombre, no; es que eso de destacar la personalidad es puramente relativo. ¿Es que los grandes hombres se encaraman encima de los pueblos, o es que éstos se agachan y se ponen debajo? Creo firmemente lo segundo.
Y que Dios conserve a mi tierra esta bendita penuria de personajes y este relieve de la masa que no permite a nadie sobresalir con relieve excesivo. {2}
Cuando al contemplar nuestra decadencia oigo decir hace falta un hombre..., la verdad, no lo encuentro entre mis paisanos; pero, ¿quién puede señalarlo entre los personajes de otras regiones?
En cambio, cuando se plantea el problema de otro modo, y oigo decir hace falta un pueblo, recuerdo con orgullo que a costa del sacrificio y de la obscuridad de tantas individualidades, ha ido Aragón esculpiendo su vigor colectivo.
Yo en eso tengo fe. En que el pueblo aragonés, como el pueblo español, se salven solos, sin preocuparse de las riendas del Gobierno (símil peligroso que obligaría a gobernar a latigazos) ni de la nave del Estado (que sigue dando tumbos a pesar de que lo único que conocen nuestros políticos es la aguja de marear).
Porque va a resultar después de todo, que tenían razón los manchesterianos.
Nada de labrar la felicidad del país ni de buscar escultores de pueblos (como decía mi ilustre paisano el insigne desengañado Joaquín Costa) ni de regenerar a España desde la Gaceta.
Lo mejor que puede hacer el Gobierno es no estorbar.

¿Que es esto individualismo rancio, anarquismo, acracia? Lo que queráis. Pero es muy zaragozano. La libertad es un hermoso beneficio que los aragoneses apetecernos con codicia y que palpita en nuestros fueros y en el recelo con que vemos la tutela del Estado... En ese amor a la libertad, nos parecemos a los ingleses y a los yanquis..., que no son tontos.
Mi casa es mi reino, dice el inglés atrancando la puerta para que no entre a protegerle la Administración pública.
Oíd cómo se revela el amor a la propia libertad en esté cantar baturro, y ahondando, ahondando, podéis llegar al tuétano del alma aragonesa:
Nadie le pegue a mi burro,
que en mi burro mando yo;
cuando quiero, digo arre,
y Cuando no, digo so.

Antonio Royo Villanova
Alma aragonesa
Alma Española, Madrid, 21 de febrero de 1904 Año II, número 16, páginas 1-2

{1} La inmensa mayoría de los diputados y senadores que representan a Aragón, son cuneros. Se comprende. Gustamos de gobernar nuestras casas y nuestras cosas. No nos despepitamos por gobernar a los demás.
{2} Es fama que Fernando el Católico se sentía más rey en Castilla que en Aragón

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